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Corazón resiliente / Historia de una catarsis

A mi hermana,  Ya no vas contra marea, tú eres la luna que mueve el mar y las olas te bailan el agua. Ya no eres el negro hollín de las hogueras del averno, allí crepitan tus heridas ya cicatrizadas. Ya no eres el frío del invierno, en tu interior se susurran los aullidos del viento. Libres. Ya no eres silencio, ahora tu risa inunda el vacío que antes ocupaban tus miedos. Eres el agua cristalina de un río huérfano, eres los ojos limpios que acompañan el dolor ajeno. Eres un beso dormido en medio de la nada, el sueño que haces realidad con solo un gesto. Eres quien eliges ser, ahora y para siempre. Eres tú. La que nunca fuiste, la que no creíste jamás que pudiera ser. Y es que te has roto tantas veces que te has vuelto indestructible.

Un, dos, tres y...

Le gustaba bailar. Tanto era así que limitó su vida a cuatro sencillos pasos que se repetían en bucle a lo largo de cada uno de los cerca de seiscientos treinta y dos días que soportó bajo la presión. Sorteando sus propias trampas había llegado hasta los veintiséis años, sintiéndose igual de torpe en el ámbito terrenal que en su primer día de instituto. Así fue como Aurelia entendió que no estaba hecha para ser mortal. Pero nada había que le importara más que bailar. Tanto era así que su sangre sabía a música, así lo comprobó un perro que paseaba por ahí. Y es que el cuarto paso que nunca daba lo acabó saltando desde su ventana. 

Deseos de espuma...

Que venga el sol. Que me dore por dentro, que me alumbre tanto que no pueda mirar, que tenga que cerrar los ojos para no ver nada. Y utilizarlo de excusa para no verte. Que venga el aire. Que me devuelva al suelo, que me empuje con tanta fuerza que me tenga que agarrar a algo, para que me sujetes. Y me abraces cuando caiga, con fuerza. Que venga la lluvia. Que me moje entera, que me llene con tanta intensidad que se me cale el frío hasta en las venas. Que yo lo sienta. Que me ahogue. Para que tú me salves. Por última vez. Que venga el fuego. Que me queme, que me funda, que me arda tanto que me convierta de nuevo en ceniza. Que compacte mi materia, ahora porosa. Que me duela y me mate. Para que tú me llores. O me quieras. Que suba la tierra. Que me tape. Que me ahorque, que me pese. Que me arañe tanto que me escueza. Que te escueza tanto que me arda, que te arda tanto que te mate, que te haga volar. Para que puedas verme.

Calcetines

Calcetines es un gatito que se pasea por la urbanización de la casa de mis padres, es callejero y muy bonito, tan bello como salvaje. Es gris, con el pelo ni corto ni largo, no es siamés ni tampoco persa, ni romano; tiene motitas blancas en los extremos de sus patitas, donde las almohadillas, de ahí su apodo. Pues estaba yo con mi portátil en la mesa del jardín, ordenando los archivos, liberando el disco duro, cuando se me ha acercado él. Venía desde el final del jardín, que lo vi llegando, mirando firme, andante con sus cuatro patitas, carismático, un gato seductor, pisando el césped con firmeza en el lomo y en su contoneo, pasando por entre los rosales y las buganvillas, con una seguridad que muchos humanos ya quisieran para ellos. Se me quedó mirando un buen rato, con su pata delantera derecha alzada, con los ojos como platos y muy quietecito, como esperando un movimiento mío. Llevaba entre sus dientes, colgando de sus fauces, una pobre lagartija muerta, que en paz descanse. Un trof...

Vas corriendo...

... a reencontrarte. La esperas con los brazos abiertos al final de la avenida, la has perseguido todo este tiempo, sin saberlo. Has embestido a la Humanidad para llegar a verla. Has peleado, has sudado el alma por cada poro de tu piel, por cada piel de tu pellejo, para que se tope contigo. Esperaste, te desesperaste y volviste a confiar. Ella te veía hundiéndote en la miseria, rompiéndote el cuerpo por darle con la puerta en las narices. Te rompiste por todas partes, te quebraste en mil y un pedazos, y con el crujido de tus vísceras, de tus pasiones al agotarse, de su aliento al extinguirse. Inspiraste el cálido aire de la mañana veraniega, expiraste al anochecer. Y aún te espero. Entre sarcófagos, bajo tus pies.

El muelle

Érase una vez un hombre que solía ver los atardeceres sentado en un muelle. La madera vieja se quejaba cuando alguien se subía y paseaba sobre los tablones, mientras la nata espumosa del mar rompía en los pies de aquel hombre divagante y panorámico, distendido, medio loco, aturdido. La palma de sus pies rozaba livianamente la superficie del agua, sentía el frescor, la brisa, las olas, la vida, yéndose en cada viaje al horizonte. El azul verdoso era penetrante, casi mágico, casi aire, pero con más cuerpo. Veía a las pequeñas barcazas a lo lejos echar sus redes, los humildes pescadores recogiéndose cuando el sol estaba en lo más alto y más apretaba, las botas brillantes y negras o añiles arribando a la orilla, a la arena compacta de las doce. El hombre tenía un sombrero, y pelillos rizados y canosos, como serpientes viejas, tan viejo era... las moscas se hundían en sus arrugas, profundas, irremediables, sus mofletes eran placas tectónicas a pequeña escala, como pintadas en un lienz...